Comenzara Eurípedes Barsanulfo, el apóstol de la mediumnidad, en Sacramento, en el estado de Minas Gerais, a observarse fuera del cuerpo físico, en admirable desdoblamiento, cuando, cierta fecha, por la noche, se vio a sí mismo en prodigioso vuelo. Se sentía inquieto, pero, como si fuese arrastrado por la voluntad de alguien en un torbellino de amor, subía, subía...
Subía siempre.
Quería parar, y defender para volver al vehículo carnal, pero no lo conseguía. Unos brazos intangibles le tutelaban la sublime excursión. Respiraba en otro ambiente. Vestía forma leve, respirando en un océano de aire más leve aún... Viajó, viajó como si fuese un pájaro teleguiado, hasta que se reconoció en una campiña verde esmeralda. Observaba el hermoso paisaje, cuando, no muy lejos, avistó a un hombre que meditaba, envuelto por dulce luz.
Como si fuese magnetizado por el desconocido, se aproximó...
Pero, hubo un momento en que se detuvo trémulo.
Algo le decía internamente que no debía avanzar más...
En un deslumbramiento de júbilo se reconoció en presencia de Cristo.
Bajo la cabeza, abrumado por la honra imprevista, y guardó silencio, sintiéndose como un intruso, incapaz de volver o de seguir adelante.
Recordó las lecciones del Cristianismo, los templos del mundo, los homenajes prestados al señor, en la literatura y en las artes, y su mensaje trascendiendo entre los hombres, en el transcurso de casi 20 siglos...
Ofuscado por la grandeza del momento, comenzó a llorar...
Gruesas lágrimas le bañaban el rostro, cuando adquirió coraje y levantó los ojos, humildemente.
Entonces, vio que Jesús también lloraba...
Transpasado de súbito sufrimiento, al verle el llanto, deseo hacer algo que pudiese consolar al Amigo Sublime.
Acariciarle las manos o estirarse a la manera de un can leal a sus pies...
Pero estaba como pegado al extraño suelo...
No obstante, recordó lo tormentos de Cristo perpetuándose en las criaturas humanas que hasta hoy, en la tierra, le arrojan incomprensión y sarcasmo...
En esa línea de pensamiento, no se contuvo. Abrió la boca y habló, suplicante:
El interpelado no respondió.
Pero deseando certificarse de que era oído, Eurípedes reiteró:
- ¿Lloras por los incrédulos del mundo?
Extasiado, el misionero de Sacramento notó que ahora Cristo le correspondía la mirada. Y después de un instante de atención, respondió con dulcísima voz:
- No, hijo mío, no sufro por los incrédulos a los cuales debemos amor. Lloro por todos los que conocen el Evangelio, pero no lo practican...
Eurípedes no sabía describir lo que pasó entonces.
Como si cayese en profunda sombra, ante el dolor que la respuesta le había traído, descendió, descendió...
Y despertó en el cuerpo de carne.
Era de madrugada.
Levantose y no durmió más.
Y desde aquel día, sin comunicar a nadie la revelación divina que le vibraba en la conciencia, se entregó a los necesitados y a los enfermos, sin descansar ni siquiera un día, sirviendo hasta la muerte.
(Tomado del libro La Vida Escribe por el Espíritu Hilário Silva y recibido por los Médiums Francisco Cándido Xavier y Waldo Vieira, FEB, 3 Edición, Cap. 27 pp. 219-221) Anuario Espírita 1991
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