Evolución morfológica y moral
La evolución morfológica prosiguió equilibrándose con la evolución
moral.
El cráneo se modificó con lentitud rumbo a un perfeccionamiento mayor,
los brazos se refinaron, las manos adquirieron una excelencia táctil no
soñada y los sentidos, todos ellos, progresaron en acrisolamiento y percepción.
Además, con el advenimiento de la responsabilidad que lo separó de la
orientación directa de los Benefactores de la Vida Mayor, el hombre se
entregó a múltiples intentos de progreso en el campo del espíritu.
En su ámbito interior de libre indagación, confería alas audaces al pensamiento
y, con eso, más se le acentuaba el poder de imaginar, facilitándosele
la mentalización y el desprendimiento del cuerpo espiritual, cuyas
células, en conexión con las células del cuerpo físico, se automatizaban de
tal manera, mediante la emancipación parcial a través del sueño, que facilitaba
el acceso del alma a las enseñanzas de orden superior.
Conserva el ser humano consigo, entonces, en la estructura de sus propios
órganos, la herencia de los millones de estadios diferentes en los reinos
inferiores y, en el fondo, se siente inclinado a vivir en el plano de los
demás mamíferos, compartiendo la convivencia y el instinto absoluto
dominando sin restricciones; sin embargo, con la evolución irreversible,
el amor se agigantó en su Ser, insinuándole nuevas actitudes frente a su
propia existencia.
Noción del Derecho
En razón del apego a los descendientes de su propia carne, instituye la
propiedad del sector del suelo en que se enclava su propia morada y, atendiendo
a esa misma raíz de afectividad, traza por sí mismo determinadas
reglas de conducta, a efecto de no imponer a sus semejantes ofensas y
perjuicios que no desee tampoco recibir.
Sucede, de tal manera, lo inesperado.
El hombre selvático que no pretende abandonar los apetitos y placeres
de la experiencia animal, concibe para sí mismo los frenos que controlarán
su libertad y, con ello, que se ennoblezca su carácter inicial.
Estableciendo la posesión tiránica de todo lo que juzga suyo, desiste de
aprovechar lo que pertenece a su vecino, bajo la pena de exponerse a penalidades
crueles.
Nace, de tal manera, para él, la noción del derecho sobre la base de las
obligaciones respetadas.
Despertar de la conciencia
Es así como él, transformado, interpreta, desde un nuevo punto de vista,
la importancia de su presencia en la Tierra.
Ya dejaron de seducirle la despreocupación y el nomadismo, de la misma
manera que para el hombre adulto está superado el ciclo de la
infancia.
Sabe ahora que la cuna carnal está revestida de una significación más
profunda. Comprende, poco a poco, que la vida registra sus cuentas personales,
puesto que aprende que puede negar el brazo al compañero necesitado
de apoyo, mas sabe, además, que el compañero podrá negarle el
suyo en el momento en que el desequilibrio y la necesidad golpeen a su
puerta.
Reconoce que dispone de libertad para matar por desafecto, pero no
ignora que el desafecto, a su vez, puede igualmente exterminar su cuerpo o amargarle la existencia.
Percibe que sus gestos y actitudes para con los demás, crean en sus
semejantes actitudes y gestos idénticos para con él.
Con ese nuevo patrimonio de observación, la vida mental se le revela
más sorprendente y rica, y por esa intensa vida íntima, refleja con una más
relativa seguridad las ideas de los Espíritus Abnegados que lo custodian en
su marcha.
Desde entonces, no conceptúa a la existencia limitada dentro de los
extremos cuna y tumba, sino inmensa, infinita, desde el punto de vista de
causa y efecto, pues ella va más allá del sepulcro que guarda la envoltura,
hoy inútil, que fue su Instrumento de progreso.
Incorporando la responsabilidad, la conciencia vibra despierta y, por
ello, los principios de acción y reacción funcionan exactos, dentro de su
propio Ser, asegurándole la libertad de elección e imponiéndole, automáticamente,
los resultados respectivos, tanto en la esfera física como en el
Mundo Espiritual.
La larva y la criatura
En tal sentido, importa recordar aquí, con las diferencias justas, el símil
que la vida ofrece entre las alteraciones de la existencia para el alma
humana y para los insectos de metamorfosis integral.
La larva que se separa del huevo ingresa en un nuevo período de
desarrollo que puede perdurar por mucho tiempo, como ocurre entre los
efemérides, que muestran, al comienzo, la membrana del cuerpo aún debilitada,
pero conservando en el tubo digestivo los remanentes de la yema
de la fase embrionaria para iniciar, después de la excreción, los procesos
de alimentación y digestión.
La criatura recién nacida, al retirarse del útero entra en una nueva fase
de evolución que se afirma a través de algunos años. Al principio, tierna y
frágil, retiene en su propia organización los recursos sanguíneos que le
fueron donados, por manutención endosmótica, en el organismo materno,
para después eliminar, cuando le fuere posible, esos mismos recursos,
generando los que le son propios.
Avanzando en la ejecución de los programas trazados para su existencia,
la larva crece y recurre a las materias nutritivas que le aseguren el
aumento del cuerpo y, conforme a la especie, promueve por sí misma la
mudanza de la piel indispensable al condicionamiento de su propio
volumen.
Satisfaciendo a los imperativos de la propia vida, la criatura se desarrolla
tomando el alimento preciso al crecimiento de su máquina orgánica,
pasando a realizar por sí, esto es, conforme al comando de su mente, la renovación
celular de los tejidos y órganos que constituyen su campo somático,
de manera que se ajuste la forma física al molde de su cuerpo espiritual.
Metamorfosis del insecto
La larva de los insectos de transformación completa experimenta varios
períodos de renovación para alcanzar la condición de adulta, aunque
permanezca con el mismo aspecto, por cuanto sólo después de la última
mudanza de la piel es que se transforma en ninfa o crisálida.
En semejante estado, acusa una progresiva disminución de actividad,
hasta no soportar más el alimento.
Se evacúan sus intestinos y se paralizan sus movimientos.
La larva se protege, entonces, en el suelo o en la planta, preparando su
propia liberación.
Permanece así, inmóvil, y no se alimenta desde el punto de vista fisiológico,
en estado de crisálida, conforme a la especie, en hilos de seda por
ella misma constituidos con la secreción de las glándulas salivares, agregados
a pequeñitos trozos de tierra o tejidos vegetales y formando, con
ellos, el capullo en que reposa, durante cierto tiempo, días y hasta meses.
En el estado de ninfa y al impacto de las vibraciones de su propia organización
psicosomática, sufre una esencial modificación en su organismo,
modificación que, en el fondo, equivale a un verdadero aniquilamiento o
histólisis, al mismo tiempo que elabora órganos nuevos mediante el fenómeno
de la histogénesis, valiéndose de los tejidos que perduraran.
La histólisis, que se efectúa por acción de los fermentos, se verifica principalmente
en los músculos, en el aparato digestivo y en los tubos de
Malpighi, con una acción menor en los sistemas nervioso y circulatorio.
Por la histogénesis, los remanentes de los músculos estriados cambian
las características que le son propias perdiendo, gradualmente, su estriación,
hasta que se convierten, cual si obedeciesen a un proceso involutivo,
en células embrionarias fusiformes con un núcleo exclusivo, o mioblasto,
que se divide por segmentación, plasmando nuevos elementos estriados
para la configuración de sus órganos típicos.
Solamente entonces, cuando el proceso de la metamorfosis se lleva a cabo,
el insecto, íntegramente renovado, abandona el capullo, revelándose
una mariposa leve y ágil, con su sistema bucal transformado, como sucede
con la mariposa de tipo succionador, en la cual los maxilares se alargan,
convirtiéndose en una trompa, mientras que el labio superior y las mandíbulas
se atrofian.
Con todo, aunque magnificentemente transformada, la mariposa alada y
multicolor es la misma individualidad, ya que reúne en sí las experiencias
de los tres períodos fundamentales de su existencia como larva, ninfa e
insecto adulto.
Histogénesis espiritual
El ser humano, que después del período infantil atraviesa expresivas etapas
de renovación interior hasta alcanzar la madurez corpórea, no obstante
presentar la misma forma exterior, sólo después del agotamiento de la fuerza
vital en el curso de la vida, a través de la senectud o de la caquexia, por
acción de la enfermedad, padece una transformación más profunda.
En ese período característico de la caducidad celular o de la enfermedad
irreversible, demuestra gradualmente una disminución de la actividad, no
aceptando más la alimentación.
Poco a poco declinan sus actividades fisiológicas y la inercia sustituye a
los movimientos.
Se protege, desde entonces, con el reposo horizontal decúbito, casi
siempre en el lecho, preparando el proceso liberador.
Llega así el momento en que se inmoviliza con la cadaverización,
modificándose similarmente a la crisálida, pero envolviéndose en lo
recóndito del Ser con los hilos de sus propios pensamientos, en ese capullo
de fuerzas mentales tejido con sus propias ideas reflejas dominantes o
secreciones de su propia mente, durante un período que puede variar entre
minutos, horas, días, meses o decenios.
En el ciclo de cadaverización de la forma somática, bajo el gobierno
dinámico de su cuerpo espiritual, padece extremas alteraciones que, en
esencia, corresponden a la histólisis de las células físicas, al mismo tiempo
que elabora órganos nuevos a través del fenómeno que podemos denominar
–por falta de un término equivalente– histogénesis espiritual, aprovechando
los elementos vivos desagregados del tejido citoplasmático que se
mantenían, hasta entonces, ligados a la colmena fisiológica entregada al
desequilibrio o la descomposición.
La histólisis, o proceso destructivo en la desencarnación, resulta de la
acción de los catalizadores químicos y de otros recursos del mundo orgánico
que, alentados por procesos degenerativos, realizan la mortificación de
los tejidos y, desde el punto de vista del cuerpo espiritual, afectan principalmente
la morfología de los músculos y los órganos de la nutrición, con
escasa influencia sobre los sistemas nervioso y circulatorio.
Mediante la histogénesis espiritual los tejidos citoplasmáticos pierden
definitivamente algunas de las características que les son propias, volviendo
temporariamente, cual respondiesen al proceso involutivo, a la condición
de células embrionarias multiformes que se dividen, a través de la cariocinesis
plasmando, en nuevas condiciones, la forma del cuerpo espiritual
conforme al tipo impuesto por la mente.
Desencarnación del Espíritu
Entonces ahí, cuando el proceso de la muerte se cumple, el ser humano
desencarnado, plenamente renovado en sí mismo, abandona el vehículo
carnal al que estaba sometido; sin embargo, muchas veces se siente íntimamente
aprisionado al capullo de sus pensamientos dominantes, cuando
no trabajó por su renovación, por los desvíos del Espíritu, revelándose
ahora con su nuevo peso específico conforme a la densidad de su vida mental
normal y disponiendo de nuevos elementos con que atender a su propia alimentación, equivalentes a las trompas fluidomagnéticas de succión, aunque
sin perder de modo alguno el aparato bucal que nos es característico,
destacándose, además, que tales trompas o antenas de materia sutil están
patentes en los seres encarnados, expresándoseles en su aura común como
radículas alargadas de esencia dinámica que exteriorizan sus radiaciones
específicas; trompas o antenas ésas por las cuales asimilamos o repelemos
las emanaciones de las cosas y de los seres que nos rodean, tanto como las
irradiaciones de nosotros mismos, unos con los otros.
Continuación de la existencia
Metamorfoseada, pues, no obstante el fenómeno de desencarnación, la
personalidad humana continúa, más allá de la tumba, el ciclo educativo que
inició en la cuna, sin perder su propia identidad y asimilando en ella las experiencias
de la vida carnal, de la desencarnación y de la metamorfosis en
el plano extrafísico.
Percibiremos, de tal modo, que la existencia de la criatura humana, en la
reencarnación, se hace sustancial no sólo en la Tierra, donde atiende el
cultivo de los sentimientos, palabras, actitudes y acciones peculiares que la
caracterizan, sino también en el Mundo Espiritual, donde incorpora en ella
la cosecha de la siembra practicada en el campo físico, a través del
desdoblamiento del aprendizaje con que atesora las experiencias necesarias
para la sublime ascensión a que está destinada.
Evolución en Dos Mundos. André Luiz
Psicografiado por Francisco Cándido Xavier |