Vengo, como en otro tiempo, entre los hijos descarriados de Israel, a traeros
la verdad y a disipar las tinieblas. Escuchadme. El Espiritismo, como otras veces mi
palabra, debe recordar a los incrédulos que sobre ellos reina la verdad inmutable, el Dios
de bondad, el Dios grande que hace crecer la planta y levantar las olas. Yo revelé la
doctrina divina; yo, como un segador, até en haces el bien esparcido por la humanidad, y
dije: Venid a mí, vosotros los que sufrís.
Pero los hombres ingratos se desviaron del camino recto y ancho, que conduce
al reino de mi Padre y se han extraviado en los ásperos senderos de la impiedad. Mi padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que, ayudándoos unos a
otros, muertos y vivos, es decir, muertos según la carne, porque la muerte no existe, os
socorráis, y que no ya lá voz de los profetas y de los apóstoles, sino la voz de aquellos
que ya no existen, se haga oír para gritaros: ¡rogad y creed! porque la muerte es la
resurrección, y la vida es la prueba elegida, durante la cual vuestras virtudes cultivadas
deben crecer y desarrollarse como el cedro.
Hombres débiles que comprendéis las tinieblas de vuestras inteligencias, no
alejéis la antorcha que la clemencia divina pone en vuestras manos para iluminar vuestro
camino, y conduciros como niños perdidos al regazo de vuestro Padre.
Estoy demasiado conmovido de compasión por vuestras miserias, por vuestra
inmensa debilidad, para no tender una mano caritativa a los desgraciados extraviados
que, viendo el cielo, caen en el abismo del error. Creedme, amad, meditad las cosas que
se os revelan; no mezcléis la zizaña con el buen grano, las utopías con las verdades.
¡Espiritistas! amaos: he aquí el primer mandamiento; instruíos: he aquí el
segundo. Todas las virtudes se encuentran en el Cristianismo; los errores que se han
arraigado en él son de origen humano; y he aquí que desde más allá de la tumba donde
creíais encontrar la nada, hay voces que os gritan: ¡Hermanos! nada perece: Jesucristo
es el vencedor del mal; sed vosotros los vencedores de la impiedad.
(El Espíritu de
Verdad. París, 1860.)
El Evangelio Según el Espiritismo. Capítulo VI, El Cristo Consolador. Instrucciones de los Espíritus: Advenimiento del Espiritu de Verdad