Nuestra vida en la Tierra tiene el único propósito de impulsar nuestro avance hacia la perfección espiritual. Durante éste proceso, las alegrías y la tristezas se convierten en nuestras bendiciones y aprendizajes.
Las Leyes que rigen el Universo fueron creadas por Dios para regular el curso de la Creación y direccionar el progreso de su creación máxima: Los Espíritus. Estas leyes han sido reveladas poco a poco a medida que nuestro raciocinio se ha ido ampliando y nuestra conciencia se ha despertado.
Dentro de ese esquema de la Providencia, existe la Ley de Causa y Efecto a nivel personal y colectivo. De cada una de nuestras acciones se desprenden consecuencias de similares características, por eso "De lo que sembramos, debemos recoger". Muchas personas, padecen sufrimientos de orden físico, que en muchos casos se desprenden de sus acciones pasadas, en la vida presente o en otra pretérita, como una forma de ajuste espiritual para aliviar las cargas energéticas negativas acarreadas por actos contrarios al bien; esos padecimientos orgánicos, generan dolor, el cual puede, ocasionalmente, ser aliviado con los recursos de la ciencia médica o al sobrevenir la desencarnación como liberador definitivo del espíritu de la materia física.
Sin embargo, existe otro tipo de sufrimiento, el cual no puede ser identificado por los análisis del laboratorio clínico ni por la auscultación del profesional de la salud, sino que se radica en los terrenos imponderables del alma: es el sufrimiento moral y emocional.
Las derrotas en los propósitos emprendidos en los diversos campos de la vida, nos generan ese dolor emocional que es más o menos fuerte según nuestro nivel de apego a los bienes terrenales o a circunstancias o personas que están vinculados en nuestros proyectos de vida. Ese tipo de alteración emocional nos conduce al debilitamiento momentáneo de las fuerzas espirituales, entretanto el campo emocional y de raciocinio se adaptan a las condiciones, para emprender de nuevo el camino que fue detenido por un obstáculo y exige la búsqueda de la ruta alternativa para continuar avanzando hacia el propósito final de la existencia: Evolucionar.
La Doctrina Espírita nos presenta los recursos más efectivos para conseguir la plenitud espiritual, basado en el precepto del "Amaos los unos a los otros", enseñado por Jesús de Nazareth. Dentro de ese camino de perfeccionamiento, el Espiritismo nos propone adquirir y consolidar los valores y virtudes cristianos como estrategia para lograr la felicidad, sin embargo, al enfrentarnos a la vida, la realidad social, económica y familiar, nos encontramos con diversas oportunidades de probar nuestra condición espiritual, nuestra Fe en Dios y la capacidad para sobreponernos a los sufrimientos. En el momento en que el dolor moral o emocional toca las puertas de nuestra alma, nos encontramos ante incertidumbres y rebeldías, depresiones y debilidades que son la respuesta natural de nuestra área emocional aún dominada por los apegos y dependencias, alimentados por los terribles vicios del egoísmo, la vanidad, el orgullo y todos aquellos cánceres del alma que alteran la condición de fortaleza, humildad y tranquilidad con las que debemos enfrentar los retos humanos.
No podemos dejarnos abatir por esas pruebas, aún cuando el que sufre, siente que nadie más entiende su dolor, que está abandonado a su suerte y que hasta la misma Providencia Divina le ha abandonado, ya que en los momentos de debilidad moral, el primitivismo que aún nos domina intenta sobreponerse al raciocinio, buscando envolver al Espíritu dentro de un ambiente depresivo y de renuncia hasta de la misma posibilidad de vivir.
Cuando el corazón humano, como sede del sentimiento, ha sido golpeado por la traición, el desengaño, el abandono y cualquier forma de egoísmo, se abre la posibilidad de alterar la condición espiritual, impidiendo pensar y actuar con claridad, siendo presa fácil de decisiones apresuradas impulsadas por nosotros mismos y/o por entidades espirituales que nos quieren hacer daño. Todo esto debe ser contrarrestado con mucha fortaleza, aquella que ha sido entregada por Dios a través de Su presencia constante en nuestras vidas, por medio de la Fe, sustentada en el convencimiento de que El nos ha sostenido en todos los momentos difíciles de nuestra existencia y especialmente en aquellos donde sentimos desfallecer completamente.
La búsqueda de respuestas es natural en el ser humano, para comprender el por qué de los acontecimientos y así proporcionar la calma necesaria al psiquismo alterado. Muchas veces, se invierten extensos recursos económicos y sociales, procurando a aquellas fuentes autodenominadas poseedoras de verdades a cambio de beneficios, donde está ausente el sentimiento de fraternidad, el cual garantiza la pureza de sentimientos y fidelidad del consejo. Buscamos por fuera lo que en realidad está dentro de nosotros. Existe una historia muy adecuada a éstos casos: "Un día, Dios, mientras creaba a sus hijos, decidió crear un elemento que fuese el bien más buscado por los hombres, como el objetivo de sus vidas y la razón de su constante lucha: La Felicidad. Así mismo, decidió que para que fuese muy valorada y apreciada, el hombre debería emplear todos sus recursos disponibles para encontrarla, siendo de ésta manera un verdadero tesoro, anhelado y luchado. Empezó a estudiar las posibilidades acerca de dónde podría ubicar la felicidad para que no fuera fácil de encontrar; vio en el fondo de la Tierra, pero se dio cuenta que con el paso de los años y el desarrollo de su inteligencia, el hombre encontraría la manera de abrir el suelo para escudriñar las profundidades; entonces pensó en el fono del océano, pero sabía que más adelante los hombres incursionarían en las profundidades marítimas y allí la encontrarían, luego miró hacia el espacio y pensó en ponerla en lo más recóndito del Universo, pero entonces supo que algún día, crearían máquinas que devorarían distancias siderales y recorrerían el espacio. Ante ésta situación, pensó largamente y decidió que escondería la felicidad en el único lugar que el hombre no exploraría, el único sitio que estaría ajeno a su interés y al cual no llegaría por medio de tecnología alguna, el único sitio que sería tan extraño para él, que lo dejaría abandonado: Su propio interior."
Muchas de las respuestas al por qué del sufrimiento en todos sus niveles están en nuestro propio interior. Seguramente muchas personas mediante sus acciones hacen sufrir a otros, sobre todo cuando hay vínculos afectivos. Pero esto no debe ser motivo de desmoronamiento de la fuerza espiritual, ya que, cuando comprendemos que muchos de esos dolores son consecuencia de nuestra propia imprevisión, entendemos que la solución está cerca. Adueñarse de la propia vida, de las decisiones, del futuro personal es la garantía de poder obtener más o menos felicidad, dependiendo del empeño y las acciones.
Cuando la conciencia está tranquila, se puede levantar más fácilmente de la caída momentánea. Si hemos actuado correctamente, entregado lo mejor de sí en función de la felicidad y adquisición de paz de los demás, hemos cumplido con el encargo cristiano y con nuestra propia tendencia a hacer felices a los demás. En caso contrario, se debe buscar el remedio para contrarrestar las acciones que generaron sufrimiento en otros o en sí mismo, cuando el error ya no puede ser reparado en su totalidad, siempre habrá la oportunidad de encontrar el momento de resarcir la falta, por medio de la misma persona o de otros, ya que todos somos hijos de Dios y estamos unidos por las mismas Leyes.
Pongamos siempre nuestra vida en manos de Dios, actuemos correctamente sin colocar nuestros intereses por encima de los demás, desliguémonos de los defectos que nos alejan de la plenitud espiritual, no nos desgatemos en la adquisición de tesoros materiales que son transitorios, evitemos los apegos que le impiden al Espíritu liberarse de las pesadas cadenas materiales, recordemos que nuestra siembra debe dar frutos en la espiritualidad, ya que allí permaneceremos para siempre, como nuestra patria natal de la cual estamos momentáneamente alejados, hasta que termine ésta experiencia humana.
Compartir por medio del Amor, los sueños, proyectos, luchas, hace parte de la razón de ser de los Espíritus; La Ley de Sociedad fue creada por Dios para procurar la evolución individual, apoyados unos en otros, sustentados en el interés marcado por el Amor entre las personas. Más ese Amor no significa posesión, no debe estar manchado por el egoísmo ni basado en las pasiones transitorias. Debe ser la expresión sincera del sentimiento mutuo. El aislamiento, es contrario a las Leyes Divinas, solamente es requerido por aquellos que aún no consiguen vivir en Paz consigo mismos, culpando a los demás por su condición. Romper con las barreras impuestas voluntaria e inconscientemente, debe ser la prioridad para superar los dolores morales, para así, poder quitar la venda de los ojos instalada por el abatimiento, para ver nuevamente la claridad del escenario que nos rodea, la Creación de Dios, puesta a nuestro servicio, integrada por las personas, la naturaleza, el arte, la ciencia, la espiritualidad y comprender así, de nuevo, o por primera vez, que el Amor no es exclusivo de una persona, sino la materia prima de la Vida, y dónde haya vida, hay Amor.
Andrés Abreo Cubillos
Asociación Espírita Tercera Revelación
A LOS CORAZONES QUE LLORAN
A los corazones que lloran
Dios les reserva un hogar en su pecho
y una bendición en forma de lluvia
que colmará de bondades su espera…
A los corazones que sufren
con infinita paciencia Jesús les enseña
que si resisten con amor, humildad e indulgencia
suyo será el reino de Dios
con toda certeza
Confía siempre,
no estás solo, hay una luz al final del camino
aunque ahora tú no la veas.
Imprime a tu vida coraje y amor,
caridad e indulgencia.
El resto es cosa de Dios
Déjalo de su cuenta.
Piensa que todo viene y se va,
que las causas de nuestros bienes, de nuestros males…
están en este lugar o en otra anterior existencia.
Que al amar nuestros males son menos malos
Que debemos mirar de frente, sin rencor.
Que el miedo es humano
Que nunca es demasiado tarde para el perdón
ni demasiado pronto para partir… y de esta vida marcharnos
Que hay un millón de preguntas
y otras tantas palabras desiertas.
Tú lucha con fe y sigue el camino de tu corazón
El resto es cosa de Dios…
Déjale a Él la respuesta.
Por B.