"Y Jesús les dijo: Por causa de vuestra poca fe; porque en
verdad os digo que, si tuvieseis fe como un grano de mostaza; diréis
a esta montaña: Muévete de aquí para allá, y ella se movería; y
nada os será imposible." Mateo, Cap. 17, versículo 20.
Y la vida que tuvo fue un testimonio verdadero e incontestable de
su fe.
Relata el propio Chico:
"Yo tenía diecisiete años, en 1927, cuando en la noche de julio del
referido año, en una reunión de oraciones, escuché, por intermedio de
una señora presente, Doña Carmen Pena Peracio, ya fallecida, la
recomendación de un amigo espiritual aconsejándome a tomar papel y
lápiz a fin de escribir mediúmnicamente. Yo no poseía ningún conocimiento
sobre el asunto en que estaba entrando, pues comparecía allí acompañando
a una hermana enferma que recurría a los pases curativos de aquel círculo
íntimo, formado por personas dignas y humildes, todas ellas de mi
conocimiento personal. Desde el punto de vista espiritual, a pesar de ser
muy joven, era un fervoroso católico, que se confesaba y recibía la sagrada
comunión, desde 1917, a los siete años de edad. Ignorando si me hallaba
transgrediendo algún precepto de la Iglesia, la cual consideraba como mi madre espiritual, tomé el lápiz que un amigo me extendiera con algunas
hojas de papel en blanco, y mi brazo, como si estuviese desligado de mi
cuerpo, comenzó a escribir, bajo mis ojos cerrados, cierto mensaje que
nos exhortaba a trabajar en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. El mensaje
estaba constituido por diecisiete páginas y fue firmado por un mensajero
que declaraba ser "un amigo espiritual", que solamente conocería después.
Ninguna de las personas presentes se interesó en conservar el comunicado,
incluso yo mismo, pues ninguno de nosotros, los compañeros que
formaban el círculo de oraciones, podría prever que la tarea de escribir
mediúmnicamente se desdoblaría para mí, por varios decenios.
Al día siguiente, después de la misa de la mañana, busqué al
Sacerdote Sebastián Scarzelli, que era mi confesor y protector, y le conté
lo sucedido, pidiéndole que me aconsejase en cuanto a lo que me
correspondería hacer. Él era un padre joven, creo que de origen italiano.
El querido sacerdote, quien muchas veces había sido mi apoyo en las
dificultades psicológicas y mediúmnicas que yo periódicamente atravesaba
me habló con bondad que él mismo nunca había leído libros espíritas,
pero que si yo me sentía bien en el círculo de oraciones al que había
comparecido, sería justo buscar la paz que me faltaba, ya que el nombre
de Jesús presidía aquel grupo de personas honestas, y aun me afirmó que
yo podría frecuentarlo, pero recordando mi devoción a Nuestra Señora,
pues él creía que nuestra Madre Santísima intercedería en mi beneficio
en cualquier circunstancia. Después de ese entendimiento, no vi más al
Padre Scarzelli, que fue transferido para la ciudad de Joinville, en el Estado
de Santa Catarina, donde falleció hace pocos años, con la dignidad de
Monseñor y donde se puede ver la inmensa obra de caridad que realizó a
favor de la comunidad.
Sin la presencia de aquel apóstol del bien, me dediqué al grupo
espírita, con la misma fe con la cual comparecía a las actividades católicas.
Todo seguía en orden cuando en la noche del 10 de julio referido,
dos días después de haber recibido el primer mensaje, cuando hacía las
oraciones de la noche, vi como mi pobre habitación se iluminaba de repente.
Las paredes reflejaban la luz de un color plateado lila. Yo estaba de rodillas,
conforme a mis hábitos católicos, y abrí totalmente los ojos, intentando
ver lo que pasaba. Vi, entonces, cerca de mí, a una señora de admirable presencia, que irradiaba luz que se explayaba por el cuarto. Intenté
levantarme para demostrarle respeto y cortesía, pero no conseguí
permanecer de pié y doblé, involuntariamente, las rodillas ante ella. La dama iluminada miró una imagen de Nuestra Señora del Pilar que yo
mantenía en mi habitación y, enseguida, me habló en un castellano que yo
comprendí perfectamente, aunque ignorase ese idioma.
'–Francisco' – me dijo pausadamente – 'en nombre de Nuestro
Señor Jesucristo, vengo a solicitar su auxilio a favor de los pobres, nuestros
hermanos.'
La emoción poseía toda mi alma, pero pude preguntarle, aunque
las lágrimas cubriesen mi rostro:
'Señora, ¿quién sois?'
Ella me respondió:
'–Usted, ahora no se acuerda de mí; no obstante, soy Isabel, Isabel
de Aragón.'
Yo no conocía a ninguna señora que tuviese ese nombre y me
extrañó lo que ella decía; no obstante, una fuerza interior me contenía
callé cualquier comentario relacionado con mi ignorancia. Pero el diálogo
estaba iniciando e indagué:
'–Señora, soy pobre y nada tengo para dar. ¿Qué auxilio podré
prestar a los más pobres que yo?'
Ella dijo:
'–Usted nos auxiliará a repartir panes a los necesitados.'
Clamé con pesar:
'–Señora, casi nunca tengo pan ni siquiera para mí. ¿Cómo podré
repartir panes a otros?'
La dama sonrió y me esclareció:
'–Llegará el tiempo en que usted dispondrá de recursos. Usted va
a escribir para nuestras gentes peninsulares y, trabajando por Jesús, no
podrá recibir ninguna ventaja material por las páginas que reproduzca,
pero vamos a providenciar para que los Mensajeros del Bien le traigan
recursos para iniciar la tarea. Confiemos en la bondad del Señor.'
Después de esas palabras, que anoté en 1927, la dama se alejó,
dejando mi habitación en plena oscuridad. Lloré de emoción, para mí
inexplicable, hasta el amanecer del día siguiente. Ya no tenía al Padre
Scarzelli para consultarle y noté que mis nuevos compañeros no podrían ayudarme, porque yo no sabía lo que significaba la expresión 'gentes
peninsulares' oída por mí. En cuanto a esas dos palabras, ninguno de
ellos consiguió darme ninguna explicación. Encontrándome solo con el
recuerdo de la inolvidable visión, pasé a orar, todas las noches, pidiendo
a Nuestra Señora para que alguien me ayudase con las informaciones que
yo juzgaba preciosas. Dos semanas después de lo sucedido, estando en
las plegarias de la noche, se me apareció un señor vestido con ropa blanca
que, por intuición, noté que se trataba de un sacerdote. Lo saludé con
mucho respeto y él me respondió con bondad, explicándose:
'–Hermano Francisco, en el siglo XIV fui uno de los confesores
de la Reina Santa, Doña Isabel de Aragón, que esposó al Rey de Portugal,
Don Dinis. Ella desarrolló elevadas iniciativas de beneficencia e instrucción
en los dos reinos que forman la conocida Península en Europa y regresó
al mundo espiritual el 4 de julio de 1336. Desde entonces, ella protege
todas las obras de caridad y educación en España y en Portugal. Fue ella
quien lo visitó, hace algunos días, en las oraciones de la noche y le prometió
su asistencia. Ella me recomienda decirle que no le faltarán los recursos
para la distribución de panes, entre los necesitados. Mi nombre, en 1336,
era Fernán Mendes. Confiemos en Jesús y trabajemos en la siembra del
bien.'
Permanecí callado, porque tenía un nudo en la garganta.
El padre se retiró, y sentí la urgencia de lo que deseaba la noble
señora, que yo no sabía que había sido, en Tierra, tan amada y tan ilustre
Reina. En el primer sábado que siguió a los hechos que describo, fui con
mi hermana Luisa (actualmente desencarnada) hasta un puente muy pobre,
existente todavía hoy y reformado, en la ciudad de Pedro Leopoldo, Minas,
donde nací, llevando una pequeña cesta con ocho panes. Allí estaban
refugiados algunos indigentes. Partí los panes para que cada uno tuviese
un pedazo, y así fue iniciado nuestro servicio de asistencia, que perdura
hasta hoy. En Pedro Leopoldo, con algunos compañeros, hice la distribución
de panes, de 1927 a 1958. En enero de 1959, me mudé para Uberaba,
llegando aquí el día 5 de enero de 1959. Un grupo de amigos ya nos
esperaba y promovimos la distribución de panes en una villa de la periferia
de Uberaba. Esa distribución semanal, de los sábados, permanece activa
hasta hoy. Vivimos en una casa vecina a tres núcleos de favelas y nuestra
distribución de panes, actualmente, se eleva a mil quinientos por semana,
divididos entre los necesitados de las tres favelas a las que me referí." |